Por Hermana Sheila Carney
Cuando se me pidió escribir una reflexión sobre las raíces de Catalina, la imagen que me vino a la mente fue la de una raíz principal: una raíz dominante que ancla una planta y se adentra profundamente en el suelo para tener acceso al agua y nutrientes. La raíz principal de Catalina, y de todas nosotras que seguimos sus pasos en la Misericordia, se encuentra en una carta que ella le escribió al padre Gerald Doyle el 6 de mayo de 1836. El padre Doyle había preguntado, en nombre de las jóvenes de su parroquia, sobre los requisitos de ingreso a las Hermanas de la Misericordia. La respuesta de Catalina contiene requisitos encantadores y fuera de moda ahora, pero comenzaba con palabras que definen quiénes somos en la Misericordia: «un ardiente deseo de estar unidas a Dios y de servir a los pobres».
Sabemos que estos «movimientos», estas huellas de la Misericordia quedaron grabados en Catalina gracias a su padre, quien la instruyó en la oración y la hizo su compañera en la labor de ayuda a quienes vivían en la pobreza, especialmente a la niñez. Es evidente que su vida fue moldeada e impulsada por estas experiencias. La palabra «ardiente», por ejemplo, sugiere un anhelo apasionado e insaciable. En la Regla Original aparecen palabras similares: celo, fervor, animación en nuestras vidas y ministerios. ¡No hay nada tibio en la respuesta de Catalina a Dios ni en sus expectativas hacia quienes siguieron sus pasos! Este es el nutriente en el que se adentra la raíz principal y se expresa en el servicio de quienes viven en la pobreza.
Para Catalina, esto significaba servir a las personas económicamente pobres, a quienes ella llamaba los «pobres afligidos». Hoy en día, es posible que nuestros ministerios no siempre se centren directamente en quienes viven en la pobreza económica, y reconocemos muchas formas de pobreza: de espíritu, de intelecto, de recursos, etc. No obstante, tenemos el reto de encontrar formas de relacionarnos con personas cuyas vidas difieren significativamente de las nuestras, permitiéndonos aprender de ellas para que nuestras perspectivas y nuestra experiencia de Dios se amplíen y se enriquezcan.
Aunque la propia Catalina nunca utilizó estas palabras, hemos llegado a referirnos a esta dinámica de oración y servicio — esta raíz principal de nuestra vida de la Misericordia — como contemplación y acción. Si bien en cada época y en cada lugar nos esforzamos por interpretar este llamado en función de los tiempos y las circunstancias en las que nos encontramos, esto define quiénes somos, qué nos arraiga y dónde encontramos sustento. En un lenguaje aparentemente sencillo, nos llama a mantener un equilibrio armonioso entre nuestra vida de oración y nuestra vida de servicio.
En sus “Instrucciones familiares” (111), Catalina escribe: «Santa Teresa nos dice: “Hay que dejar a Dios por Dios”, es decir, debemos estar dispuestas a abandonar incluso la oración para encontrar a Dios en nuestro prójimo». Estas son las palabras de una mujer profundamente arraigada, que nos invita a hundir nuestras raíces en la misma matriz nutritiva y definitoria del amor ardiente y el servicio.