La minería de fondos marinos amenaza nuestros océanos sagrados y el planeta
Hermana Angela Perez
«En todas las riberas del río habitarán multitudes de criaturas vivientes. Habrá gran cantidad de peces, porque estas aguas fluyen allí y hacen dulce el agua salada; así que donde fluye el río, todo vivirá. […] Árboles frutales de todo tipo crecerán a ambas orillas del río. Sus hojas no se marchitarán, ni sus frutos fallarán. Cada mes darán fruto, porque el agua del santuario fluye hacia ellos. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas para la curación»
Ezequiel 47:9, 12
La Temporada de la Creación 2026, del 1° de septiembre al 4 de octubre, ofrece oportunidades para la oración y la acción mientras se explora el tema de este año: Agua viva. El tema proviene de Ezequiel 47:9, 12 como una poderosa visión bíblica de esperanza y sanación ecológica. En un contexto de exilio y pérdida, la imagen del agua viva que fluye del santuario de Dios revela la sanación divina que renueva la tierra, el agua, la biodiversidad y la responsabilidad humana hacia toda la creación. Nosotras ofrecemos esta serie de historias sobre cómo las Hermanas de la Misericordia están actuando para cuidar de nuestras aguas vivas.
El hermoso océano Pacífico que rodea a Guam es un proveedor vital de alimento, solaz y alegría para mi pueblo: los chamorros nativos y todos los guameños. Pero, se enfrenta a daños irreversibles y posible extinción a causa de la minería de lechos marinos profundos.
Yo nací justo después de la Segunda Guerra Mundial mientras Guam se recuperaba de la destrucción causada por la guerra. Algunos de mis recuerdos más felices son del mar. Íbamos a la playa no solo porque era un lugar especial adonde acudir, sino porque el océano era sencillamente parte de nuestra vida. Nos alimentaba, reunía a nuestras familias, nos restauraba; y nos recordaba que pertenecíamos a una isla y a uno y otro.
Es por eso que la consideración de la minería en lo profundo del mar no es una cuestión medioambiental abstracta para mí. Toca una fibra muy íntima y personal: nuestra relación con el océano que ha sustentado a nuestro pueblo por generaciones.
Los peligros de este tipo de minería solo me alarmaron cuando el gobierno de Trump emitió una orden ejecutiva «Lanzar la extracción de minerales críticos en altamar estadounidense» en la primavera de 2025, dando prioridad al acceso corporativo a minerales en el mar profundo en aguas internacionales (solo en inglés).
El gobierno de EUA propone arrendar 28 millones de hectáreas (69 millones de acres) de suelo del océano para la exploración de lechos marinos. Esta minería a gran escala en aguas profundas, con escasa regulación en aguas internacionales, no tiene precedentes y viola los principios fundamentales de la justicia ambiental, según las Naciones Unidas (solo en inglés).
Las empresas mineras arrojan máquinas pesadas del tamaño de un autobús al fondo del océano, donde recogen «nódulos» del tamaño de una papa que contienen minerales esenciales como cobre, cobalto, níquel, zinc, plata, oro y elementos de tierras raras, según el Instituto de Recursos Mundiales (solo en inglés).
Estas máquinas de minería amenazan todos los aspectos de la vida. Matan o mutilan la vida marina, alteran la capacidad de las especies de las profundidades del mar para alimentarse y reproducirse, perjudican los medios de vida y la seguridad alimenticia de las personas que se dedican a la pesca, dañan la cohesión social de las comunidades de las islas pequeñas y aceleran el cambio climático.
Recientemente yo presenté comentarios formales a la Oficina de Administración de Energía Oceánica (BOEM son sus siglas en inglés) de los EUA, en los que me opongo firmemente a la minería de lechos marinos cerca de nuestra isla y de Rota, la «Isla Amistosa» en el océano Pacífico occidental.
«La minería de lechos marinos destruiría los ecosistemas del mar de los que depende nuestra gente en nuestras islas. No hay razones económicas que puedan justificar la destrucción del océano ni el daño subsecuente que afectará a nuestra gente en estas comunidades. Imbuidos de la herencia cultural de nuestros antepasados, estamos conectados con … todos los seres vivos de la tierra, del mar y del cielo, toda la creación y nuestro Creador».
Las aguas en peligro alrededor de Guam incluyen la Fosa de las Marianas, la fosa oceánica más profunda de la Tierra (con unos 11.000 metros o 7 millas de profundidad), un tesoro mundial declarado monumento nacional en 2009.

Una cuestión de justicia ambiental
Guam y otros territorios de los EUA en el Pacífico se mantienen unidos en su oposición a la minería en el fondo del mar, y nuestros obispos también hacen un llamado a la moderación.
En una reciente carta pastoral (solo en inglés) firmada por el arzobispo Ryan P. Jiménez de Guam, presidente de la Conferencia Episcopal del Pacífico (CEPAC), señaló: «Hasta que no haya evidencia convincente de que dicha actividad pueda llevarse a cabo sin causar daños graves o irreversibles, la prudencia nos llama a ejercer gran cautela».
Para mí, esta llamada a la prudencia no es un rechazo al desarrollo. Es un recordatorio de que cuando las posibles consecuencias son irreversibles, la sabiduría nos exige que hagamos una pausa, escuchemos, estudiemos y protejamos lo que no se puede reemplazar.
Para el pueblo en el Pacífico, esta es también una cuestión de justicia medioambiental. Las decisiones que afectan el océano alrededor de nuestras islas no se deberían hacer sin escuchar seriamente al pueblo cuyo alimento, cultura, sustentos y futuro están entrelazados a ese océano.
Guam es pequeñísimo y tiene un poder muy limitado con el gobierno de EUA. La persuasión moral de todos los sectores de nuestra sociedad, incluida la Iglesia, es lo único con lo que contamos. Todos debemos levantar nuestra voz.
Deleitarse del mar
Mientras preparaba mi testimonio para la BOEM, reflexioné sobre el énfasis que nuestra fundadora, Catalina McAuley, ponía en mantener nuestros corazones «en el mismo lugar, centrados en Dios, por quien solo avanzamos o nos detenemos».
Dios nos llama a vivir en la Tierra de manera centrada, en armonía mutua y con toda la creación.

Nuestro pueblo todavía se deleita en ir a la playa para celebrar cualquier ocasión: un cumpleaños, una reunión familiar, una fiesta de bodas o un aniversario.
De generación en generación, el océano ha sido una fuente de alimento, sanación, gozo y conexión para nuestro pueblo. Nos recuerda que ninguna persona existe por sí sola: estamos conectados, unos con otros, con la creación y con nuestro Creador.
Antes de permitir cambios irreversibles en lo profundo del océano, necesitamos detenernos y escuchar: a la ciencia, a las comunidades del Pacífico, a uno y otro, y a la voz de la creación misma. El océano ha cuidado de nosotros por generaciones.
La pregunta que tenemos por delante ahora es muy sencilla: ¿cómo cuidaremos del océano que se nos ha confiado?