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El ministerio de la presencia y el don de «gastar» tiempo juntas, juntos 

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Por Hermana Erencia Saipweirik

Catalina McAuley nos recuerda que «La tierna misericordia de Dios nos ha dado las unas a las otras». En un mundo que a menudo valora la productividad y el ajetreo, la Misericordia nos invita a reducir el ritmo y a reconocer el don sagrado de la presencia. El tener Raíces en la Misericordia es hacer espacio personal para unas/os y otras/os con el fin de oír, acompañar, alentar y, solo, estar presentes. A menudo, lo que parece ser «tiempo perdido» es, de hecho, tiempo sagrado: momentos en los que se nutren las relaciones, se comparten las cargas y se revela la presencia de Dios a través de la conexión humana. 

Como Hermana de la Misericordia, yo he llegado a apreciar que algunos de los momentos más significativos en el ministerio no están en cumplir tareas o lograr metas, sino simplemente en estar presente para los demás. El ministerio de la presencia es un don sagrado que nos permite reflejar el amor compasivo de Dios mediante la escucha atenta, el acompañamiento y el cuidado genuino. 

Yo he vivido este ministerio en muchos momentos cotidianos: sentándome con familiares, padres, amigos y compañeros de trabajo que están de luto; cuidando a niños pequeños y a personas con capacidades diferentes; visitando a personas y hermanas que están enfermas; compartiendo una comida tranquila con miembros de la comunidad; o simplemente escuchando a alguien compartir su historia sin sentir la necesidad de apresurarme a ofrecer soluciones. En estos encuentros, aprendí que las personas a menudo no necesitan respuestas tanto como necesitan a una persona dispuesta a acompañarlas. Con el simple hecho de estar presente, yo les transmito que son valoradas, amadas y que no están solas. 

El «don de perder o gastar tiempo juntas» también ha sido una parte importante de mi vida religiosa y mi ministerio. Lo que desde afuera puede parecer improductivo, a menudo se convierte en una oportunidad llena de gracia para una relación y una conexión. Pasar tiempo sin prisas con mis hermanas, reír juntas, compartir historias o sentarnos en silencio, ha fortalecido nuestro sentido de comunidad y ha profundizado nuestros vínculos. Del mismo modo, en el ministerio, tomarnos el tiempo para estar con aquellas personas a quienes servimos y con quienes trabajamos, sin una agenda ni expectativas, genera confianza y abre un espacio para que se revele la presencia de Dios. 

Estas experiencias me han enseñado que la misericordia a menudo se expresa no a través de grandes acciones, sino mediante simples gestos de acompañamiento. El mismo Jesús practicó este ministerio caminando con las personas, escuchándolas y compartiendo sus alegrías y dificultades. Como Hermana de la Misericordia, estoy llamada a seguir este ejemplo ofreciendo mi presencia como un don. A través de estos momentos de «perder/gastar tiempo juntas», yo he descubierto que lo que parece tiempo perdido es, a menudo, tiempo sagrado. Tiempo en el que se nutren las relaciones, se sanan los corazones y el amor de Dios se hace tangible. 

El ministerio de la presencia me recuerda que estar con las personas es tan importante como hacer cosas por ellas. Es a través de estos encuentros sencillos, pero profundos, que sigo viviendo el poder transformador de la misericordia en mi vida y en mi ministerio.