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Por Julie Bourbon

Esta reflexión fue publicada originalmente en National Catholic Reporter en inglés.

Ha pasado más de un mes desde que participé en el Día de Acción Católica en el Capitolio de los Estados Unidos, para llamar la atención a las políticas inhumanas sobre inmigración del gobierno de Trump, y el mundo sigue girando fuera de su eje, trayendo cada día nuevas crueldades desde la Casa Blanca.

En la mañana del 18 de julio hacía tanto calor, me sentí mareada por estar parada afuera durante la manifestación antes de nuestro acto de desobediencia civil, mi primero, y estaba nerviosa. Parece una tontería hoy, estar asustada por ser arrestada deliberadamente, y todavía más tonto el tener que sentarme a la sombra de un árbol, después de caminar más un kilómetro y medio al metro y en el calor, cuando mis hermanos y hermanas inmigrantes han caminado —todavía estaban caminando— desde Honduras y Guatemala, El Salvador y el Sureste de México, buscando una vida más segura y mejor.

Ese día protestamos varios cientos de personas por el trato hacia esos inmigrantes, y especialmente por la detención de niños en la frontera. Por lo menos, se podría pensar que la idea de tener niños enjaulados tendría a la gente protestando por las calles de Washington, DC. Pero como mencioné, hacía calor, y la gente importante aquí está ocupada, y la capacidad de atención es corta, quizá especialmente durante el verano. Los oficiales de la policía del Capitolio después nos dijeron que habían arrestado a muchas más personas el año pasado, cuando protestaron por la nominación a la Suprema Corte de Brett Kavanaugh que protestando por la detención de inmigrantes en la frontera. Por lo que vale, también protesté contra él si bien no al grado de ser arrestada. Una persona cínica diría que incluso mi sentido de futilidad tiene sus límites.

Pasaron cerca de cuatro horas desde el momento de mi arresto hasta que me dejaron libre. Fui una de las primeras dentro y de las primeras fuera. Nos esposaron, inspeccionaron y transportaron en autobuses con aire acondicionado (los hombres de un lado, las mujeres de otro) hacia un almacén al otro lado de la ciudad para esposarnos e inspeccionarnos nuevamente, todos sentados en una fila de sillas desplegables (los hombres de un lado, las mujeres de otro), y acusados de «merodear, obstruir e incomodar».

En conjunto, éramos un grupo alegre, considerando las circunstancias, aunque sí fue cansado estar esposada y las segundas esposas estaban más apretadas. Mientras que varias de nosotras, las que estábamos del lado de las mujeres en el autobús, pudimos zafar nuestras muñecas de las pesadas abrazaderas de plástico, esto ya no fue posible en el almacén.

Pero por lo menos ahí, tuve la buena suerte de estar sentada detrás de la Hermana Pat Murphy, una Hermana de la Misericordia que, con noventa años, es una veterana de las protestas y no le eran extrañas las circunstancias actuales. Otra hermana estaba celebrando ese día su cumpleaños, y una tercera me contaba historias de haber sido arrestada años atrás junto con los hermanos Berrigan. Estaba en buena compañía.

Hermana Pat Murphy en el Día de Acción Católica.
Hermana Pat Murphy en el Día de Acción Católica.

Finalmente, después de pagar una multa de $50 dólares, me dejaron ir y me sacaron al calor, para que me fuera a mi casa. Primero, y desconcertadamente, recibí una bienvenida de heroína del equipo de apoyo acampado en la cuadra siguiente, a la sombra y en sillas de jardín. Luego, fortalecida con un puñado de mandarinas y barras de energía, caminé al metro con otra de las que protestaron platicando sobre los acontecimientos del día. Era más de otro kilómetro y medio de la estación a la casa, metiéndome a pie por el tráfico de las horas más congestionadas y pensando en un baño de agua fría y cambiarme de ropa.

Entonces me acordé de la mujer en la Casa de la Anunciación en El Paso, a las que conocimos en abril en una delegación de la Misericordia en la frontera. Se nos asignó al sótano para clasificar muchos pantalones de mezclilla donados y ayudar a inmigrantes a encontrar una muda de ropa limpia después de su largo caminar desde allá para acá. Podían tomar una de cada cosa, pero te reto a que le niegues a una joven madre inmigrante un segundo par de calcetines cuando te lo pide —sin palabras, porque no hablas el mismo idioma— y romper esa regla por ella.

Y luego me imaginé, llevando más de un mes la misma ropa sucia y sudorosa, sin bañarte ni cepillarte los dientes, sin privacidad y separada de tus hijos. Errante por cuarenta días en el desierto. Escuchar «regrésate de dónde vienes», cuando «de dónde vienes» es muy peligroso como para quedarse, en gran parte porque las políticas de los Estados Unidos lo hicieron así. Elegí unas pocas horas de inconveniencias, pero muchos inmigrantes no tienen tal opción.

La autora, Julie Bourbon, detenida el Día de Acción Católica.
La autora, Julie Bourbon, detenida el Día de Acción Católica.

A eso me trae hoy, no precisamente cuarenta días después. ¿Cuántas duchas después, cuántas mudas de ropa, cuántos cafés helados y aguacates, y dos envases de fresas por el precio de uno en el verano? ¿Cuántos niños detenidos el 18 de julio siguen aún ahí, separados de sus padres? ¿Cuán peor se pondrá —se podría poner— ahora que el gobierno ha hecho trizas las protecciones del acuerdo Flores y se otorgó a sí mismo el derecho de detener a las familias inmigrantes indefinidamente?

Después de esa noche de nuestros arrestos, en una cena de reflexión para quienes protestaron, Hermana Pat, que viajó desde Chicago, dijo que no pudo estar en el Día de Acción en Washington. Me tomó las manos, me miró a los ojos y me dijo que yo me veía cansada, lo que al momento me hizo dar una carcajada cuando las lágrimas parecían la única respuesta sensata a una situación insensata. Pero luego recordé que los inmigrantes en El Paso no estaban llorando, estaban listos para el siguiente tramo de sus viajes, y el siguiente. Y fue por ellos que dedicamos el día caluroso, incómodo e inconveniente. Fue como lo mínimo que podíamos hacer, acompañarles espiritualmente, y en lo posible, en persona, hasta que el mundo deje de girar fuera de su eje y se corrija, sin importar cuántos días tome en el desierto.