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Celebrando a San Francisco de Asís  

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Hermana Kathleen Mary O’Connell 

¿Quién es este hombre cuya muerte, ocurrida hace 800 años, aún se celebra hoy? ¿Por qué hay estatuas de cerámica de él decorando jardines en todo el mundo? ¿Cómo es que su festividad marca cada año el final del Tiempo de la Creación? ¿Quién es realmente Francisco de Asís y por qué sigue tocándonos tanto hoy? ¿Y qué relación tiene él con nosotras, las Hermanas de la Misericordia? 

Conocemos la historia de Francisco desde temprana edad. Pero está bien pensar en ello de vez en cuando. Para encontrar las respuestas a mis preguntas, volví a leer uno de mis libros favoritos sobre Francisco: «Yo, Francisco», de Carlo Carretto (publicado en 1982). Me hizo volver a darme cuenta de que la espiritualidad de Francisco va más allá de la imagen de un adorno de jardín.  

A raíz de su conversión, Francisco empezó a ver el mundo con otros ojos: los de Dios. Dios estaba por todas partes a su alrededor, en cada ser creado, y cada uno de ellos le hablaba a Francisco. Todo le devolvía la imagen de la presencia de Dios. De él emanaba una gran admiración por toda la creación. Y se entonó el Cántico de la Creación, invitando a todas sus criaturas, hermanos y hermanas, a alabar a su Creador. Para Francisco, todas las criaturas forman una sola familia de la creación. Ante las crisis actuales que afectan a nuestro medio ambiente —el cambio climático, la contaminación de nuestras fuentes de agua, los efectos desastrosos causados por la negligencia humana—, Francisco sigue siendo una voz que nos recuerda que debemos cuidar de nuestras criaturas hermanas y hermanos, y que somos solo criaturas.  

A Francisco también se le abrieron los ojos para ver a los pobres de una manera nueva, lo que cambió su vida para siempre. No solo tenía que ayudar a los pobres, sino que también tenía que ser uno de ellos. Tenía que confiar plenamente en su Creador, sabiendo que Dios velaría por él igual que velaba por los lirios del campo.  

Identificarse con los pobres le abrió los ojos a Francisco ante las injusticias de la época: a las personas sin hogar, a las que pasan hambre y a las enfermas. Hoy en día se identificaría con las personas inmigrantes, con quienes sufren discriminación racial y con quienes carecen de lo básico para vivir. Reconocería la desigualdad a la que se enfrentan las mujeres tanto en la sociedad como en la Iglesia, pues en su día animó a Clara, la fundadora del primer convento de hermanas franciscanas, y a sus compañeras a ser portadoras del Evangelio. Francisco se esforzó no solo por cambiar las leyes, sino también por cambiar los corazones. La Señora Pobreza le haría darse cuenta de que ser pobre era una bendición.  

Una vez que se quitó las armas de combate, Francisco condenó la guerra y la violencia. Le rogó a su Dios que lo convirtiera en un instrumento de paz. Animó a sus seguidores a pasar a la acción para crear un mundo mejor. Ahora que la propia creación está amenazada, nos recuerda que también debemos ser instrumentos de la paz de Dios en un mundo amenazado por la codicia, el odio, la discriminación, la inmoralidad y las injusticias. 

Como Hermanas de la Misericordia, hemos definido nuestros Asuntos Críticos siguiendo el ejemplo de Francisco. Son los Asuntos Críticos de Dios. A nosotras también se nos ha llamado a «reparar»: no solo a la Iglesia, sino también a toda la creación. Por eso seguimos celebrando la vida de Francisco 800 años después. El hecho de que estas preocupaciones sigan presentes hoy en día es motivo más que suficiente para que sigamos a Francisco. Hace apenas 200 años, Catalina McAuley se propuso «reparar» las necesidades de su época. Nosotras, sus hermanas, seguimos viviendo esa misión. Al igual que Francisco y Catalina, nuestra espiritualidad como Hermanas de la Misericordia se centra en el mensaje evangélico de Jesús. 

«Predica el Evangelio en todo momento y, si hace falta, usa palabras». Aunque San Francisco de Asís no dijo realmente esa famosa frase que a menudo se le atribuye, el mensaje está claro: dejemos que nuestras acciones hablen por sí solas. Que anuncien el Evangelio de Jesucristo a todo el mundo. Que nuestras palabras, las que de verdad hacen falta, sean las de Jesús: «Que se amen unos a otros como yo los he amado». 

Que el Señor nos convierta en instrumentos de paz. 

San Francisco de Asís, ruega por nosotras, nosotros. 

Paz, mis amigas y amigos.