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El arte como medio para acoger a las personas necesitadas

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Por Kylee Bakley, estudiante de último año de la Escuela Secundaria Notre Dame, Elmira, Nueva York

Siempre me he sentido orgullosa de que mi Nana fuera egresada del colegio de las Hermanas de la Misericordia en Filadelfia. Mi educación en la Misericordia me ha inculcado la pasión por ayudar a los menos afortunados, y es por esto que quiero contarles un poco sobre mí y sobre las actividades que realicé durante mis vacaciones de verano para crear una comunidad de acogida en la zona en la que vivo.

Tuve la bendición de poder trabajar con Kathy Dubel en Catholic Charities ayudando a las personas que no tienen un lugar para vivir y que necesitan asistencia y amparo. Durante el tiempo que estuve allí, preparé y repartí 40 paquetes con materiales artísticos a fin de dar la bienvenida a niños y adultos en el refugio local para personas sin hogar. Sentí una gran emoción cuando más tarde pude enterarme que diez niños habían recibido ya mis útiles de arte y que además los estaban disfrutando mucho.

Mientras crecía pude encontrar siempre un gran consuelo en el arte. No sería la persona que soy hoy si no hubiera tenido acceso al arte o no hubiera tenido la oportunidad de dar rienda suelta a mi imaginación y creatividad. Es por esto que espero que otros niños puedan disfrutar estas experiencias y tener una forma positiva de expresarse y de enfrentar su realidad. Si los niños se inician en el arte a una edad temprana, más adelante éste tendrá un gran impacto en sus vidas y les ayudará a ser personas más creativas.

Hace unos años, puse en marcha un programa de arte en el parque a través de Catholic Charities y estuve a cargo del mismo con la ayuda de mis padres. El objetivo del programa era dar a los niños que no suelen tener acceso a materiales artísticos, la oportunidad de crear y divertirse.

Continuamos realizando este programa cada verano hasta que tuvimos que suspenderlo en estos últimos dos años debido a la pandemia de COVID-19. Sin embargo, yo estaba decidida a no dejar que la orden de permanecer en casa me impidiera hacer lo que me gusta y ayudar a los demás. ¿No íbamos a poder hacer el programa artístico normal en el parque? Bien, ¡simplemente cambiaremos las cosas un poco! Comprometí a mi madre y envié un correo electrónico a la directora de Catholic Charities y, antes de que nos diéramos cuenta, ¡estábamos comprando materiales de crayola al por mayor! Y aunque a mi padre no le gustó mucho que yo me hubiera apoderado de la cocina y el comedor, pude ver su orgullo cuando nos enteramos de cómo reaccionaron los niños al recibir los útiles de arte. Puede que este año las cosas no hayan sido fáciles ni hayan salido según lo previsto, pero me alegro de poder seguir haciendo una diferencia y ayudando a los demás, incluso desde casa.

Si me pidieran un consejo para otros adolescentes que quieren crear lugares de acogida en sus comunidades, les diría que lo mejor que pueden hacer es comprometer a sus familiares y amigos y ponerles a trabajar. Ellos serán sus mejores aliados, así que no duden en pedirles ayuda. Si tienen una buena idea para poner en marcha, pregunten por ahí y encuentren un buen sistema de apoyo y un lugar que les ayude a ponerla en práctica. Y el mejor y más importante consejo es que se diviertan. Aunque tengan una idea fantástica, nadie podrá disfrutarla si no hay diversión.

Aunque puedan cometer errores en el camino, esos momentos son excelentes experiencias de aprendizaje. Así que no tengan miedo de dar un paso adelante y de ayudar a su comunidad. Ya sea creando su propia organización benéfica, haciéndose voluntarios, donando o haciendo lo que puedan desde sus casas, deben saber que están logrando una diferencia. La lección más importante que aprendí a través de esta experiencia es el poder que tiene el compartir anónimamente para ayudar a los demás, no por reconocimiento o por satisfacción, sino porque realmente les importa.