Reflexión de la Hemana Janet Fernández
Cuando hoy escucho la palabra cruz, vuelvo a tantas experiencias que he compartido con personas que sufren: hermanos y hermanas con enfermedades terminales, familias atravesando situaciones económicas duras, seres queridos llorando la muerte causada por la violencia que golpea no solo a mi país, sino al mundo entero.
Muchas veces he escuchado frases como: “Esto me pasa por algo que hice… Dios me está castigando… Estoy pagando mi deuda por todo lo malo que hice.”
Muchas veces me he preguntado. ¿cuándo comenzamos a ver la cruz como un castigo silencioso? ¿Cuándo se convirtió en la medida de cuánto podemos soportar, como si Dios nos enviara pruebas para calcular nuestra resistencia o para “pagar” por nuestros pecados?
Cuando contemplo a Jesús cargando su cruz, viene a mi corazón aquel pasaje del Evangelio de Mateo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz de cada día y me siga». A lo largo de la vida, he visto cómo estas palabras tan profundas se interpretan a veces como una invitación a aguantarlo todo, a resistir como mulas sin decir nada, creyendo que cuanto más suframos, más santos y puros seremos en el Reino de Dios. Es una forma de pensar tan arraigada, que cuesta mucho cambiarla.
Pero Jesús toma la cruz libremente. Y esa libertad me interpela profundamente. ¿Qué significó para Él cargar con su cruz? En la oración, descubro una respuesta sencilla y a la vez inmensa: Jesús cargó su cruz por amor. No lo hizo para ser más santo, ni para que el Padre lo quisiera más; tampoco como penitencia ni como castigo. Lo hizo porque creyó en la humanidad, porque nos miró con esperanza.
Sin embargo, reconocer hoy la esperanza puede ser difícil. ¿Cómo mirar con esperanza cuando cada día nos golpean las noticias de muertes, abuso de poder, violencia contra la mujer y contra la tierra, desplazamientos forzados, migraciones dolorosas, gobiernos que roban lo poco que tienen nuestros pueblos, dejando hambre y desolación? ¿Cómo ver esperanza cuando nuestro pueblo ya no vive, sino apenas sobrevive?
Y aun así, desde la cruz, Jesús me recuerda que: el amor es libertad… pero también es esperanza. Una esperanza firme, no ingenua; una esperanza que no niega el dolor, pero tampoco se rinde ante él.
Jesús cargó su cruz porque amó libremente. Entonces me pregunto: ¿cómo mirar mis propias cruces desde ese mismo amor? ¿Cómo reconocer desde la esperanza que no camino sola, que Él me sostiene a través de mi comunidad, de mi familia, de mi ministerio? ¿Cómo aprender a tomar mi cruz sin quedarme mirando atrás?
Quisiera cerrar esta reflexión con las palabras de Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación, que iluminan profundamente este camino:“La esperanza realmente es mirar hacia adelante, pero actuar; no esperar a que me llegue por casualidad”. Jesús encontró paz en medio del dolor, pero no miró al pasado. Siguió con esperanza hacia adelante. Actuó y no se dejó llevar por quienes lo alababan un día y al siguiente pedían su muerte.
Que Jesús, que cargó su cruz por amor, nos enseñe también a caminar con esperanza y a reconocer en cada carga la presencia viva de Aquel que nunca abandona.