Por Hermana Mary Waskowiak
El orar y marchar en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas migrantes en San Diego el 9 de febrero fue una de las experiencias más poderosas de mi vida.
Qué conmovedor fue ser parte de una multitud interreligiosa de más de 1.000 personas que apoyan públicamente a los más vulnerables entre nosotros. Cuán agradecida me sentía yo de estar con algunos miembros pasados y presentes de mi comunidad intencional, que apoya a la persona migrante en todo momento.
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El servicio de oración comenzó en la catedral San José, donde la gran multitud se desbordaba en los escalones y terrenos de la iglesia. El cardenal Robert McElroy, la obispa episcopal Susan Brown Snook y otros líderes religiosos de San Diego, en coordinación con el Proyecto Organizador de San Diego, una organización de defensa interreligiosa, dirigieron las oraciones.
El cardenal McElroy dijo que el servicio de oración tenía dos objetivos: pedir ayuda a Dios y dar testimonio de nuestra fe durante este tiempo doloroso.
«Así como Jesús, María y José tuvieron que huir de la opresión a otra tierra, así debemos solidarizarnos con aquellas personas que son inmigrantes aquí en medio de nosotros ahora», dijo. «La gente entre nosotras nos dice que, en nuestras escuelas, en nuestras iglesias, en las áreas comerciales, la gente tiene miedo de ir en público ahora».
Yo puedo dar testimonio personalmente de esa realidad habiendo escuchado a las personas migrantes que vienen en busca de seguridad.
Después del servicio de oración, niños, mujeres y hombres, de todas las edades, incluso algunos en sillas de ruedas, marcharon juntos hacia el Edificio Federal y el Palacio de Justicia Edward J. Schwartz, hablando entre ellos en inglés, español y otros idiomas.
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Las historias, las lágrimas y el reconocimiento mutuo impregnaron la tarde. Muchas personas llevaban banderas estadounidenses como una señal de que buscamos dar la bienvenida y ayudar a nuestros familiares migrantes. Después de todo, nos pertenecemos el uno al otro.
Nunca me sentí tan en casa en medio de una multitud.
Las lágrimas me corrían al ver cómo todos nos congregamos como uno solo. Lloré al escuchar el testimonio de una audaz joven. Lloré en agradecimiento por la valentía mostrada por nuestros líderes religiosos y por mi propia vocación como Hermana de la Misericordia comprometida con la justicia, la misericordia y el cuidado de todas nuestras hermanas y hermanos. Sobre todo, lloré porque me di cuenta de que ninguno de nosotros caminamos solos, en especial las familias migrantes que acompañamos en nuestra comunidad.