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Cómo un viaje a Honduras me hizo Asociado de la Misericordia

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Por Jeremy Dickey

«¿Has pensado alguna vez en ser Asociado de la Misericordia?».

No podría haberlo sabido en ese momento, pero la Hermana Mary Ellen Brody fue la razón de que, en el Día de la Fundación (12 de diciembre de 2019), hiciera mi alianza oficialmente con las Hermanas de la Misericordia y me convirtiera en Asociado de la Misericordia.

Pero me estoy adelantando. Y como suele suceder, hay más que contar.

Siempre me he considerado una persona religiosa, pero en los últimos años anhelaba nutrir mi espiritualidad. Para decirlo de otro modo, saben ustedes de Nuns and Nones (Monjas y personas del milenio, sin vida espiritual activa) o del movimiento Hermanas y Buscadores, comprenderán que si bien no soy un «none», definitivamente soy un «buscador».

Como empleado laico de las Hermanas de la Misericordia, siempre supe que las Asociadas y Asociados de la Misericordia eran «algo», pero hasta este año entendí bien el vínculo muy distintivo entre las hermanas, las asociadas y asociados, y el carisma de la Misericordia.

Para quienes no saben de Asociadas / Asociados de la Misericordia son personas laicas llamadas a una vida de oración y servicio, y hacen una alianza formal para responder en su vida diaria a la Misericordia lo mejor que puedan. Aunque el movimiento de la Asociación en la Iglesia católica se extendió rápidamente entre los años 1970 y 1980, Catalina McAuley, fundadora de las Hermanas de la Misericordia, nunca dudó en colaborar con laicas y laicos en los primeros días de su misión de la Misericordia en Dublín, en la década de 1830.

Demográficamente, soy un asociado atípico. Veinteañero, varón, alguien que no practica mucho su religión, soy probablemente la persona que menos lo consideraría.

Pero a inicios del año, empecé a mirar contemplativamente lo que me inspira —tanto personal como profesionalmente— lo que me hace feliz, lo que no, y qué necesito trabajar en mi vida. Mientras estoy en la cúspide de los 30, me pregunto cómo cultivar mi mejor versión para el siguiente capítulo de mi vida.

Al hacerlo, sigo llegando a la misma conclusión: quiero encontrar formas de nutrir mi espiritualidad religiosa, mejorar mis oportunidades para servir a los demás, y crear más comunidad en mi vida. Todo esto me apuntó en la dirección de la Asociación de la Misericordia, pero todavía dudaba.

Y luego, a finales de marzo de 2019, participé en una «caravana inversa» a Honduras con 75 líderes religiosos para explorar las causas fundamentales de la inmigración a Estados Unidos. No solo vimos personalmente las realidades en el país donde trabajan muchas de nuestras hermanas y asociadas/os, sino que fue en este viaje donde conocí a la Hermana Mary Ellen.

Fue un viaje en automóvil a Tegucigalpa, de tres horas, retorcido y estrecho, donde la Hermana Ellen y yo platicamos, platicamos (y platicamos), mientras las otras dormían. Quería saber todo sobre mí, y yo quería saber todo de ella.

«¿A qué universidad fuiste?».

A la Universidad Mercyhurst.

«¿Por qué viniste a trabajar para las Hermanas de la Misericordia?».

Quería ser parte de algo más grande y realizar un trabajo bueno y significativo.

«¿Estás saliendo con alguien?».

No… (ponga aquí una risa incómoda con la que mis amigos y mi familia están muy familiarizados).

«¿Dónde encuentras paz en tu jornada?».

Sin dudarlo, compartí que comienzo cada día con este pensamiento: ¿Tengo la pizca de bondad y amabilidad que tuvo mi difunta bisabuela Helen?

Muchas personas se hubieran desanimado por este rápido interrogatorio de una extraña cercana, pero lo encontré reconfortante y no solo porque me hizo olvidar del mareo ocasionado por el carro. En cierto modo, se sintió como una conversación entre viejos amigos. Tampoco era el único respondiendo las preguntas. La Hermana Mary Ellen me contó sobre su tiempo en Honduras, su propio itinerario para llegar a ser Hermana de la Misericordia, y su familia, de la que habló con cariño y una hermosa sonrisa.

Y finalmente, al término de nuestra charla, mientras descendíamos a Tegucigalpa, la Hermana Mary Ellen me hizo la pregunta que ninguna hermana me había hecho antes.

«¿Has pensado alguna vez en ser Asociado de la Misericordia?».

La verdad es que sí lo había pensado pero nunca una hermana me había invitado a explorar esto seriamente. El empujoncito de la Hermana Mary Ellen —en forma de invitación— fue la validación y confirmación que necesitaba, y un mes después, con tres colegas, dos Asociados de la Misericordia y bajo la guía de la Hermana Cynthia, inicié la formación previa a la asociación.

Y así, toda la búsqueda y las preguntas tuvieron sentido.

Estoy inmensamente agradecido a la Hermana Mary Ellen por su empujón inicial. Y para quien todavía se pregunte cuál podría ser su empujón hacia la Asociación de la Misericordia, le animo a que no espere una invitación, sino que se comunique y explore más ese llamado..

No se puede negar que soy un valor estadístico atípico en la asociación. Soy un joven adherido ahora a una orden de mujeres. Pero soy mucho más. Soy un buscador —de espiritualidad bendita, de servicio a los demás, de pertenencia a una comunidad— y sé que no estoy solo en mi búsqueda.